Juicio Garachico: inspección ocular en Arana

El TOF N° 1 de La Plata realizó una inspección ocular en Arana, el destacamento y el Regimiento 7 como parte de la audiencia 10 del Juicio Garachico, que tiene como imputados a Miguel Etchecolatz y Julio César Garachico. Participó Juan Nóbile, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense, Rufino Almeida y Walter Docters, sobrevivientes y testigos del juicio. Docters llegó hasta Arana junto a un equipo de la cobertura colectiva de Pulso Noticias y La Retaguardia. En el viaje, relató su secuestro y algunas particularidades del Destacamento, que en parte todavía continúa en manos de la Bonaerense. El Regimiento del Ejército todavía homenajea a represores. Fotos, videos y una crónica en esta cobertura conjunta. 


 Por: Paulo Giacobbe, La Retaguardia-  / Fernando Tebele, La Retaguardia / Julia Varela, Pulso Noticias

En la audiencia 8 del Juicio Garachico, Juan Nóbile, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), detalló el trabajo realizado en 2008 que permitió el hallazgo de restos fósiles humanos fragmentados por la combustión dentro del patio externo del Destacamento policial de Arana. Allí funcionó uno de los tantos centros clandestinos de detención tortura y exterminio durante la última dictadura cívico militar. 

La audiencia siguiente, la número 9, fue el 20 de diciembre y se trató de la inspección ocular al Regimiento 7, el Destacamento de Arana y el terreno lindero al Vivero Ferrari. 

Equipo audiovisual de Pulso Noticias

El viaje en auto

“Lamentablemente Arana sigue funcionando como una sede policial”, dice Walter Docters, sobreviviente del Circuito Camps y militante de derechos humanos, haciendo referencia al Destacamento donde estuvo desaparecido. Docters está en viaje junto a parte del equipo de La Retaguardia y Pulso. Son las tres y media de la tarde. El sol se esquiva entre los edificios de la ciudad pero se tornará inevitable cuando nos acerquemos a Arana.

Cuando lo secuestraron, en septiembre de 1976, estaba en la calle con un primo; iban a cruzar la 41 hacia la terminal. Los metieron a cada uno en un auto. Él conocía el recorrido que hicieron y se dio cuenta a dónde los llevaban. “Yo conocía donde estaban los centros clandestinos porque mi trabajo formal tenía que ver con la Policía de la Provincia de Buenos Aires y mi trabajo militante era ver cómo se iba manejando la Policía respecto de la represión. Yo tenía información de los distintos centros y, por el tipo de recorrido que hicimos, me dio la impresión de que debíamos estar en Arana”. Docters ya lo contó en sus dos testimonios judiciales del año que se va, en el juicio unificado por las Brigadas de Investigaciones de Quilmes, Banfield y Lanús y el que nos lleva a Arana, el Juicio Garachico: Docters era un militante del PRT-ERP infiltrado en la Bonaerense a través de su padre, también policía pero, además, nazi.

Durante el secuestro, Docters reconoció las voces de quienes le hablaron: “El primero que me saca del brazo para llevarme era una persona que estaba a cargo mío”, agrega, y recuerda que le pidió a esa persona que le avisara a la familia, pero no lo hizo: “Sabían que yo los conocía”, afirma. 

Docters conocía bien sobre las torturas que vendrían e incluso sobre posibles lugares de traslado. Por eso, habilitó a su primo a que contara todo lo que quisiera sobre él; “lo iban a torturar mal”.  

El viernes anterior a su secuestro lo habían arrestado 48 horas. El Director conocía a su padre, Guillermo Docters, y le dijo: “andate”. Pero Walter se quedó. 

Durante una charla con compañeros del PRT ERP, evaluaron que «solo» lo estaban vigilando. “Me secuestraron porque una chica no aguantó más las barbaridades que le hicieron. Me vio en la calle y, como me conocía por haberme reunido con responsables de ella, me vendió como si fuera un oficial montonero: cuando me traen secuestrado me empiezan a torturar como si fuese un oficial montonero”. Pero alguien entró a la sala de tortura y dijo: “A este no había que agarrarlo todavía”. Después del secuestro, Docters estuvo ocho años detenido.

«Por acá,  por acá», señala al frente. Walter conoce el camino y mientras da indicaciones, continua su relato: “Para decirlo groseramente, hubo tres tipos de centro de detención. Uno de tortura y exterminio: te secuestro, te torturo, te clasifico y te mato. Otros, que eran guardadero; ante un levantamiento o ante cualquier cosa, sacaban gente, la mataban y simulaban que habían caído en un enfrentamiento. Si aparecían tres, siete, diez militantes muertos en un enfrentamiento, con las manos atadas con alambre, quería decir que eso había sido un asesinato en respuesta a cualquier levantamiento incitación a una huelga o cosas por el estilo. Por eso, para ellos era importante tener gente guardada. Después había un tercer tipo de centro: las maternidades. Hubo centros que se combinaron”, clasifica con precisión.

“Arana fue un centro de exterminio, de tortura y era muy chiquito. Por eso, era un paso; nadie se podía quedar más de cinco días o una semana. Se les acumulaba mucha gente y nos venían a buscar en micro”, recuerda.

La inspección ocular llega al Destacamento de Arana

Pasadas las cuatro de la tarde, es inusual el movimiento de personas que bajan de varios autos para refugiarse del sol bajo las sombras de los árboles que están a las puertas del Destacamento policial de Arana y la entrada del Sitio de Memoria. Todo el predio fue un centro clandestino de detención, tortura y exterminio, y a partir de 2013, en la sentencia de Circuito Camps se determinó que el lugar sea considerado un Sitio de Memoria. En 2016, la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia lo recuperó parcialmente.  

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

Una vez cumplido el protocolo de rigor que requieren las mandas judiciales, comienza la inspección ocular del predio donde aún funciona la comisaría. Entre 1976 y 1978, el destacamento era la Delegación de Cuatrerismo de Arana que respondía a la Brigada de Investigaciones de La Plata y fue parte del circuito de detención, tortura y exterminio del Circuito Camps; la zona era semirrural; sólo había quintas, campos y, a unas cuadras, el almacén de ramos generales Alma Mía.

—Vine porque no están Nilda (Eloy), Adriana (Calvo), Cristina (Gioglio) ni Julio (López). Tenía que estar acá—, dice María Laura Bretal antes de entrar al Destacamento. 

Docters guía al grupo para recorrer el predio. El juez José Michilini y Julio Beley, el abogado defensor de Julio César Garachico, uno de los genocidas imputados, miraban el recorrido por Google meet; una secretaria se encargó de pasearlos por Arana a la distancia. 

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

La comitiva ingresa al fondo, al patio interno del edificio policial por un portón oxidado que está sobre el camino que conduce al sitio de memoria. El patio es un lugar amplio que también fue utilizado como depósito de chatarras de los allanamientos policiales y que, después de la excavación del EAAF, fue despejado. 

Sobre un costado, dos habitaciones rectangulares, separadas, con ventiluces cerca del techo y cerradas con cadena y candado. Antes, en una de esas construcciones había caballerizas. En el medio del lugar, un pozo ciego; sobre el fondo, un paredón de fusilamiento que divide al destacamento del Sitio de memoria.

“Acá nos bajaban. Nos desvestían y normalmente nos hacían alguna pregunta. Generalmente era: ‘¿vas a colaborar o no vas a colaborar?’. Uno preguntaba: ‘¿sobre qué?’, y ya pasábamos a la sala de tortura. Las dos primeras salas eran los lugares donde se pasaba picana eléctrica”. Docters explica que, cuando llegaban, las y los detenidos recorrían unos pocos metros y paraban frente a otro portón para ingresar a un garage. Hoy no se puede ingresar directamente a ese sector, hay que entrar primero al destacamento, que está ocupado por motos incautadas y vehículos desarmados.

En la bañadera realizaban el submarino mojado. El submarino seco lo hacían en la cocina o en las salitas. Durante su cautiverio, en esa misma cocina, Walter y su padre se entrevistaron con Miguel Etchecolatz. Algunas veces, durante la tortura traían a alguien más, “para ver si la persona que estaban picaneando lo nombraba o no, si intervenía, no intervenía. En el caso de los que fueron secuestrados con algún familiar, también los hacían mirar: pasó con un nene chiquito; lo torturaron en el pecho del padre”.

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

Antes de entrar a la dependencia, Walter señala reiteradas veces lo pequeño que es y la necesidad de entrar en tandas. Los cuartos de tortura son pequeños. “Apenas un camastro y la máquina”. Siguiendo unos pocos metros por un pasillo de pintura desvencijada se llega a los calabozos. 

—En estos calabozos llegamos a ser 5, no cabíamos. En este éramos 25 personas —recuerda Walter.

—¿25? —se escucha. En la inspección ocular rondamos ese número de personas y nos vamos desplazando de a tandas. Resulta imposible pensarnos ahí adentro. No entraríamos. En esos calabozos casi sin ventilación ni luz, hoy se amontonan unos fierros, soporte de obras.

—25 —repite el sobreviviente.

—¿La comisaría sigue funcionando?

—Sí, una vergüenza —contesta Docters.

“No éramos los únicos. En este pasillo y hasta la sala de tortura había compañeros tirados, de a uno, contra la pared”. Docters señala una pieza pegada a la puerta que da al patio interno, que ahora tiene reja pero que al momento de su secuestro estaba en construcción. “Acá nos tuvieron colgados un día a mí, a Busetto y a Esteban Badell. A Julio Badell lo llevaron a la Jefatura de Policía y lo tiraron del tercer piso por orden de Etchecolatz. A Busetto y a mí nos sacaron y al hermano de Badell dejaron que se ahorque; le sacaron el banquito y se ahorcó”. El Juez Basso mira la pequeña celda en la que sucedió lo que acaba de contar el testigo. Por Arana pasaron más de 250 personas, mujeres embarazadas y menores de edad. 

Por la puerta que usamos de salida al patio interno era por donde sacaban a las y los secuestrados para llevarlos a los colectivos que los trasladaban a otros campos de concentración. El destacamento era pequeño y no tenía la infraestructura necesaria. “Pero acá, el 21 de septiembre, fue donde sacaron a los chicos, que habitualmente los nombramos como de La Noche de los lápices. Los sacaron al patio y les dijeron: ‘es el día del estudiante, salgan a tomar sol’. Permanentemente ellos jugaban con gozar la situación que nos tocaba vivir. Los sacaron, los dejaron un rato al sol y después los metieron. Y cuando los metieron les siguieron pegando. No tuvieron mucho festejo”. Docters también recuerda a Marlene Katherine Kegler Krug: “A un ser humano no se le pueden hacer más cosas, más daño. Estuvo permanentemente diciendo ‘yo con el enemigo no hablo’”. José María Schunk pedía a todos que “no delaten a nadie para no traerlo a este infierno”. La estructura edilicia del destacamento prácticamente no tuvo modificaciones.

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

El Sitio de Memoria

Juan Nóbile repite lo que había dicho en la audiencia en relación al riguroso trabajo realizado por el Equipo Argentino de Antropología Forense: cuenta cómo, poco a poco, fueron encontrando los lugares de quema de cuerpos. Para eso tuvieron que levantar todo el lugar. El fondo o patio interno y el fondo o patio externo. El Destacamento de Arana es el primer centro clandestino de detención de la Policía donde se pudo comprobar que hubo enterramientos. 

En el patio interno encontraron restos óseos dispersos junto al paredón de fusilamiento y, en el segundo patio, fosas para quemar cuerpos. “Ponían neumáticos en la parte inferior, cuerpos, neumáticos arriba y lo que generaban era una gran fragmentación de los restos óseos, se fragmentan muchísimo por el efecto de la quema”, dice Nobile y agrega que durante la investigación detectaron que los genocidas usaron leña y combustible líquido.

En la punta de una fosa encontraron un pozo de basura, proyectiles de armas fuego y gran cantidad de botellas de bebidas alcohólicas. Nóbile afirma que, para la quema se mantuviera prendida, alguien tenía que estar en el lugar revolviendo y alimentando el fuego para una mayor combustión. “Estaban ahí mientras se quemaban los cuerpos, controlando para lograr el efecto que se quería producir. Hicieron lo mismo en Puente 12 y en Tucumán”. Armar las fosas y quemar los cuerpos podía tardar entre 15 o 18 horas, sostuvo el integrante del EAAF. Otros objetos hallados en las fosas ayudaron a delimitar los años: “nos ubicaron en un rango entre 1970 y 1978. Este destacamento fue utilizado por más de cien años. Estas fosas podían corresponder a cualquier evento. Pero cuando aparecen elementos con fecha asociados al contexto de la quema, se puede ubicar temporalmente”, y agregó: “Encontramos, al menos 15 individuos en la fosa. Fue una práctica recurrente y sistematizada, pensada”. 

Juan Nóbile habló del impacto que significó encontrar los restos humanos en la dependencia policial: “Fue muy fuerte. Fue la primera vez que se encontraron este tipo de evidencias fuera de los cementerios y en este estado. Eran fosas de quema bien preparadas, sostenidas y pensadas para lograr la fragmentación”. Hoy, las fosas están protegidas por una estructura de vidrio al que se accede por una pasarela, y se pueden ver desde arriba. 

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

Antes de abandonar el sitio de memoria y partir hacia el Regimiento de Infantería Mecanizada (RIM) N°7,  Docters señaló la ubicación del Vivero Ferrari Hnos. “Ahí atrás está el fondo del vivero; a pocos metros había una construcción que ya no está. En el vivero había secuestrados y una conexión con este lugar”. En ese lugar, como en  Estancia La Armonía, donde actualmente está emplazado el RIM 7, funcionaron centros clandestinos de detención, tortura y exterminio.  

La llegada al Regimiento

La bienvenida al Regimiento de Infantería Mecanizada N°7 la hacen soldados armados. Sobre un costado del predio hay una réplica del cementerio Darwin, en  homenaje a los caídos del regimiento durante la guerra de Malvinas, una de las últimas acciones de la dictadura genocida. Con cruces blancas y los nombres de las personas que fallecieron en las islas, les brindan tributo a sus 33 víctimas. Mediante grandes carteles relatan la batalla en Monte Longdon. También combatieron en Moody Brooks y Wirelles Ridge. Cuando comenzó la guerra, en 1982, el regimiento no estaba emplazado en este lugar. En la entrada hay otro cartel que recuerda los logros del Regimiento a lo largo de los años: “participó en la Campaña al desierto” en 1897 y al “Gran Chaco” entre 1864 y 1912. “Fue la primera unidad que intervino en la recuperación de los Cuarteles de Monte Chingolo (23 Dic 1975) y de La Tablada (23 Ene 1989) copados por delincuentes subersivos”, afirman las placas. Mientras la Justicia condena por delitos de lesa humanidad, el Ejército continúa con su apología del Terrorismo de Estado.

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

Desde la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) informan algunos detalles más sobre la historia y las actividades del RIM 7 cuando estaba en Avenida 19 entre 50 y 54, de La Plata, el ahora Centro Cultural Islas Malvinas, dependiente de la Municipalidad de La Plata. En esa guarnición funcionó un centro clandestino y fue unidad de Comando del área 113, de la que dependieron dieciocho centros clandestinos de detención; además formó parte de la cadena de mandos que operó en la Subzona 11, a cargo de la Brigada de Infantería Mecanizada X, con asiento en la ciudad de La Plata, dentro del Comando de Zona I, a cargo del Primer Cuerpo de Ejército. “Ha quedado acreditado judicialmente que dos de los nietos restituidos por Abuelas de Plaza de Mayo tenían en su partida de nacimiento registrado como lugar de parto el Casino de oficiales de esta guarnición militar. También participaron del ataque a la casa Mariani-Teruggi donde se llevaron a la beba Clara Anahí, que aún no recuperó su identidad”, dicen en la ficha. 

El predio que ahora ocupan es inmenso, de pasto impecable y arbolado, con pocas construcciones. Siguiendo por un camino de asfalto se puede llegar a la capilla. Una placa de bronce recuerda a “Monseñor Antonio Luis Stolfi, quien fue su capellán por más de tres décadas”. La placa fue colocada el 20 de mayo de 2000. En un Anexo del libro “Profeta del genocidio: El Vicariato castrense y los diarios del obispo Bonamín en la última dictadura”, de Lucas Bilbao y Ariel Lede, dice que Antonio Luis Astolfi fue Capellán del RIM 7 entre 1964 y 1983. Según el relato de sobrevivientes y familiares,  se pudo saber que visitaba los centros clandestinos del Circuito Arana y que “llegó a impartir la extremaunción a prisioneros ejecutados con inyecciones letales”. Pablo Díaz declaró en la Justicia que antes de un simulacro de fusilamiento lo confesó, sin perdonarlo, “el cura Astolfi”. Cristina Gioglio también lo ubicó en el destacamento de Arana. Marta Ungaro dijo que participaba de las sesiones de tortura. El Monseñor Antonio Luis Stolfi o el cura Astolfi conserva el privilegio de ser homenajeado en el lugar donde torturó. Ya no quedan en actividad militares que hayan participado del genocidio. El problema es con qué valores se forman los nuevos. Cuáles son sus héroes y quienes sus villanos.

Fotos: Bárbara Barros, La Retaguardia / Equipo de Pulso Noticias

En este predio ocupado por el Ejército Argentino donde se escribe una memoria negacionista, funcionó otro centro clandestino de detención, tortura y exterminio cuando todavía era la Estancia La Armonía. 

El sol de la tarde en Arana no da tregua, la sombra es el deseo principal comienza a soplar un viento que por momentos parece cálido y en otros alivia. Rufino Almeida comienza a hablar cuando ya todos y todas formamos un semicírculo a su alrededor y explica el aporte de testigos y sobrevivientes,  especialmente el de Jorge Julio López, para ir entendiendo que en Arana funcionó más de un centro clandestino de detención, tortura y exterminio. “Testimonios que hablaban de una carpintería de chapa, pero había gente que hablaba de carpinterías de madera, de una construcción vieja, más grande, con salones más amplios, algunos elementos de hierro, rejas”. Rufino relata que López había estado trabajando en ese lugar, lo describió y decía que era de la época de Rosas. “Después fue comprobado, cuando logramos el testimonio de la familia que había sido propietaria de La Armonía”.

De la estancia no quedó nada. Solo una línea de árboles que hace suponer su posible ubicación. La existencia de la estancia, que tenía capilla y pileta, entre otras características, fue acreditada judicialmente por la familia Villarreal, los anteriores dueños. Incluso uno de ellos fue secuestrado en ese lugar. 

El 11 de octubre de 2000, Ana María Mosquera declaró en el juicio por la verdad. Ella era suegra de Félix Villarreal, dueño de La Estancia y dijo que vendieron la propiedad en la década del ‘70.

“En principio lo que dicen es que se lo vendieron a Asuntos Agrarios de la Provincia. Como que pasó a ser propiedad de la provincia, porque después aparentemente se lo cedieron al Ejército Argentino”, aporta Rufino. En el registro de la propiedad debería figurar esa información. Mosquera, además, dijo que ella fue en 1975 para ver y la corrió un perro gran danés y luego apareció “un soldado o un vigilante”. En 1983, su hija fue invitada al acto de inauguración cuando el RIM 7 se mudó, y habían derribado gran cantidad de árboles añosos. «A mí me matan, si yo hago mención de que sé donde estuve me van a matar», dijo Mosquera que decía el familiar que estuvo secuestrado en La Estancia. Ella, dijo, nunca recibió ningún comentario de lo que ocurría en ese lugar.

Otro testigo señaló que en La Armonía quemaban cuerpos como en el Destacamento de Arana. Durante la inspección ocular Nóbile dice que el EAAF realizó excavaciones pero no encontraron nada. “Las excavaciones las hicimos en el fondo, teóricamente la casa podía estar ubicada un poco hacia el fondo. El testigo, ante la construcción nueva, no recordaba los lugares de los pozos de quema”. Nóbile suma que el nivel original del terreno se levantó dos metros aproximadamente y que donde ahora hay un museo y está la jefatura podría ser el lugar de quema. “Pero (el testigo) no lo ubicaba exactamente bien. Al no tener un testimonio contundente, fuerte, era muy difícil meterse a romper. Hicimos una prueba con georadar y el problema es la dimensión del hormigón. Tiene como dos metros. Si tuviéramos un testimonio aproximado sería diferente. Dimos vuelta todo donde no hubo construcciones, pero no encontramos nada”. 

La vuelta a La Plata es con Docters junto  a su compañera Silvia Fontana. Le preguntamos cómo está. «Cansado», resume. El pasado aprieta los zapatos mucho más que el calor. El alivio de compartirlo, de que esté a disposición de la Justicia para poder condenar a los genocidas, aunque haya pasado tanto tiempo y se destruyeran incontables pruebas, quizá se parezca en algo a tirar de los cordones y quedar con los pies desnudos después de una larga caminata hacia el pasado como la que acaba de terminar. 


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